Estocada final
Era la madruga del 6 de
noviembre, una de esas noches que no vivía hace mucho tiempo. Donde todo lo que
pensaba no era nada positivo y mis lágrimas rodaban por mis mejillas,
preguntándome: “¿habrá algún momento donde mis lágrimas se acaben?” Un sentimiento
en mi corazón que no se puede describir, ¿había vuelto la depresión?
Esa noche, donde se batallaba la tercera guerra mundial en mi mente, donde se peleaban los dardos del enemigo con las promesas de Dios, donde cada dardo estaba tomando fuerza y más fuerza, donde me sentía como David en algún momento de su vida.
Estoy agotado de tanto llorar; toda la noche inundo mi cama con llanto, la empapo con mis lágrimas. Salmo 6:6
En un momento donde ya ni ganas de llorar tenía, en el silencio de la madrugada, sentí una voz que me decía: “si lo hice una vez, lo haré de nuevo. Llevas toda la noche escuchando la voz incorrecta, que te parece si pones alabanza y que cada lágrima restaure tu alma”. Mi espíritu estaba dispuesto pero mi alma y cuerpo se resistían, no quería saber de nada ni de nadie. Cuántos de nosotros hemos tenido estas noches de guerra, donde nos vemos perdidos, sin salida y que cualquier esfuerzo es en vano; donde creemos que ni Jesús nos puede salvar de estas cosas, donde cada promesa desapareció como si hubieran tomado un borrador y las borraran una a una, donde nuestros labios no tienen el deseo de pronunciar ninguna alabanza y lo único que queremos es morir. Donde te dices a ti mismo: “ya fue suficiente”.
Sin embargo, bendita voz que no se rinde con nosotros. Es como si el oponente nos tuviera en el cuadrilátero donde está a punto de darnos la estocada final, pero de un momento a otro es como si se tomara una bocanada de aire y el que va perdiendo sacara fuerzas de donde no sabía que las tenía y empieza a responder cada ataque, cada golpe, con una potencia que deja al oponente sin aire. Y en medio de ese respiro ve como el estadio se llena de emoción, mira con rapidez hacia su esquina y ve a tres personas llenas de euforia y llenas de emoción, sin pensarlo sin dejar levantar al oponente da el golpe final llevándolo a la derrota.
Así me sentí esa noche y puedo pensar que tú también has estado en ese cuadrilátero. Cuando yo ya estaba esperando el golpe final, llego el soplo que le dio vida a mis huesos secos y volvieron a mi, una a una, cada promesa, donde empecé a luchar junto con la Palabra.
No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te daré fuerzas y te ayudaré; te sostendré con mi mano derecha victoriosa. Isaías 41:10
Para terminar este escrito te dejaré varias promesas y versículos que he empezado a tatuar en mi corazón en cada situación.
Cuando el motor de mi mente permanece en neutro, Isaías 41:10 se convierte en el sonido de los engranajes.
Cuando siento ansiedad respecto a que mi propósito o llamado pueda resultar inútil o vacío, lucho contra la incredulidad con la promesa de Isaías 55:11: "Así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mi vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié".
Cuando me ataca la ansiedad y me siento demasiado débil para hacer mi trabajo, peleo contra la incredulidad con una promesa de Cristo: "Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad" 2 Corintios 12:9.
Cuando estoy ansiosa por las decisiones que tengo que tomar acerca del futuro, peleo contra la incredulidad con la promesa: "Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar; te aconsejaré con mis ojos puestos en ti" Salmo 32:8.
Cuando me siento ansiosa por tener que enfrentar opositores, lucho contra la incredulidad con la promesa: "Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?" Romanos 8:31.
Cuando estoy ansiosa por el bienestar de las personas que amo, peleo contra la incredulidad con la promesa de que si yo, siendo mala, sé dar cosas buenas a los demás (todavía no tengo hijos), mucho más el "Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden" Mateo 7:11.
La victoria es nuestra y la ansiedad ya no tiene poder sobre nuestras mentes. En Jesús somos victoriosos
Editado por: Emerson Martínez

Waooo! gracias, que grandes promesas , sabemos que la victoria es nuestra por que Jesús ya nos la entrego, a pesar de ello a veces se nos olvida y debemos recordarlo, muchas gracias por compartir.
ResponderEliminarGracias por leerlo!! Gloria a Dios, bendiciones.
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