El hombre en la calle

 


Hace un par de semanas tuve una lección de vida, donde Dios uso a Jonathan para enseñarme lo que realmente importa.
 
Era una noche en Barcelona, Jonathan y yo llegábamos de hacer algunas cosas en la calle. Él me llevo hasta mi casa, ya era bastante tarde la verdad, así que siempre que Jona me lleva, cuando se va le digo: “me avisas cuando llegues a tu casa”, así que tomó rumbo a su casa y yo rumbo a mi cama. Pasados unos minutos me llama y me dice, prepara unos bocadillos (o sea sándwiches) y yo: ¿que prepare qué? ¿Pero cómo? ¿Qué paso? ¿No estabas camino a casa? Y me dice: pasó algo, ahora te cuento, y antes de colgar me dice y mira si tienes ropa abrigada allí mía, yo ya voy. Cuelgo y sigo sin entender nada. Llega él nuevamente a mi casa y me cuenta todo lo qué pasó. Iba camino a su destino cuando vio un hombre muy mayor recostado en una pared en una posición que no se notaba que estaba bien, al ver el cuadro siguió conduciendo, sin embargo, el Espíritu Santo lo inquietó tanto que lo hizo devolver, así que dio vuelta y se dirigió hacia donde estaba aquel hombre. Empieza hablar con él y a decirle si necesitaba ayuda, a lo que el hombre le dice, “tengo hambre”, “tengo frío”. Jona no vio a aquel hombre bien así que decidió llamar una ambulancia, mientras llegaba la ambulancia decidió llamarme y conducir a mi casa que estaba relativamente cerca para preparar los bocadillos y mirar cómo conseguir algo de ropa.
 
En el momento que estábamos preparando los bocadillos me dice: “creo que la daré mi chaqueta a ese hombre” y yo “cómo se te ocurre, esa chaqueta está prácticamente nueva y es costosa” a lo que me responde: “no importa, se la daré” y en ese momento el Espíritu Santo me confronta.
 
¿Realmente cómo estás predicando con tu vida? ¿Las cosas materiales vienen y van, no? ¿Te importa más que un hijo mío se salve o una chaqueta? Bueno y así llegaron millones de preguntas a mi corazón.
 
 “Jesús respondió: —Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley. —Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.” Lucas 10:30-37 NVI
 
Jonathan tomó los bocadillos, su chaqueta y una ropa que encontramos y que sabíamos que le podría servir, se dirigió al punto donde estaba el hombre, le entregó lo que ahora le pertenecía a él, se sentó y espero que llegara la ambulancia, estuvo con él hasta que se lo llevaron. Esa noche Jonathan me dio una lección de vida y confirmé porque me casaré con él, tiene un corazón enorme.
 
Y a lo que a mi corresponde, reflexioné sobre todo esto que había pasado y me di cuenta que me he vuelto apática a las situaciones que me rodean, sé que el mundo grita de dolor y qué hay tanta necesidad, sin embargo, se ha vuelto tan normal que es algo que ya se vuelve parte del paisaje, y quizás tampoco ya no nos detenemos a pensar sobre estas cosas o reaccionar para ser luz.
 
¿Cuántas veces hemos sido quizás un sacerdote o levita con otras personas? Ignorando el dolor de alguien, haciendo de cuenta que no es con nosotros, o volteando la cara ante situaciones que se nos presentan de frente; nos envolvemos en nuestras propias circunstancias y necesidades que nos olvidamos que hay un mundo que grita, es cierto que no podremos ayudar a todos, sin embargo, esa noche me di cuenta que a la que realmente ayudaron fue a mí. Te explico. Soy consciente que ese hombre necesitaba ayuda, pero yo la necesitaba más. Dios uso a Jonathan y esta situación para recordarme porque estamos en este mundo y que no puedo seguir ignorando lo qué pasa a mi alrededor.
 
Puedo concluir que si realmente aplicáramos el “ama a tu prójimo como a ti mismo” todo sería un poco más diferente, es tan sencillo escribirlo, pero todo un reto, que de la misma forma en que nos cuidamos y nos preocupamos por nuestros propios intereses, debemos cuidar y preocuparnos por los intereses de los demás. Debemos romper con cada una de las excusas que vienen cuando vemos circunstancias así:
 
“Este camino es demasiado peligroso para que me detenga y ayude a ese hombre”.
“Él puede ser trampa para un robo”.
“Tengo afán de llegar a la iglesia”
“Tengo que llegar rápido a mi trabajo”.
“Tengo que llegar a casa y ver a mi familia”.
“Alguien realmente debería ayudar a ese hombre”.
“No sé de primeros auxilios”.
“Puedo orar por él”.
 
Que nuestras posiciones o status como lo tenían los sacerdotes o levitas no nos alejen de lo que realmente importa y que podamos ver nuestra vida como lo hizo Jesús, quien ejemplifica al buen samaritano. Seamos buenos samaritanos. Esto no significa correr tras todas las necesidades que vemos o que se presenten. Después de todo, el samaritano no estableció un hospital para viajeros desafortunados. Pero sí significa tener preocupación para los que están ante nosotros, tanto en las necesidades sociales como espirituales.
 
El mundo sería un lugar diferente si cada uno de nosotros se ocupara de las penas que hay ante él.
Pd: Esta entrada debía salir el día de ayer, sin embargo, no sucedió así, pero lo más lindo es que Dios me sigue hablando sobre este tema, ayer Jonathan volvió a ser el samaritano de otro personaje en la calle, esta vez le compro un mercado. Jonathan si me retas en esta área.
 
Editado por: Editado por Emerson Martínez @ememartinez25 

No hay comentarios:

Con la tecnología de Blogger.